¿Dónde está tu hermano?

Palabras del P. Roberto Jaramillo Bernal, S.J., Presidente de la Conferencia de Provinciales de América Latina y El Caribe, ante la desoladora situación política y social del continente que parece no dejar de empeorar.

Tomado de: http://www.jesuitas.co/22681.html


La situación política y social del continente entero no hace más que empeorar. La corrupción ha hecho metástasis en los países del continente corroyendo los sistemas políticos, jurídicos y legislativos, los pactos sociales, las instituciones públicas y las privadas, el mundo empresarial, etc. La Iglesia no escapa de pecados y de culpa. Es verdad que no “todo el mundo” se ha dejado corromper y que en esa reserva moral y ética reposa la esperanza de días mejores; pero el panorama no deja de ser desolador.

Son paradigmas de esa crisis generalizada la violencia oficial que en cuatro meses ha hecho más de 450 asesinatos políticos y tiene a miles de personas presas y heridas en Nicaragua; así como la obtusa intransigencia del gobierno venezolano que continúa atornillado al poder y sus privilegios, cuando a todas luces el país se desangra social, económica y políticamente. La bendición de Maduro, Morales y Díaz-Canel al régimen autoritario de Ortega son una patética muestra del poder de la corrupción. Pero no son menos paradigmáticas de esta nauseabunda situación la normalización política del golpe que se diera en Brasil, justo en el momento en que Odebrecht operaba la mayor mafia corruptora del milenio, y las actuales dificultades de gobernabilidad del ‘gigante de América’ donde los altos jueces (en su mayoría acusados ellos, también, de corruptos) compiten y pretenden substituir a los políticos, porque parece que no hay ninguno que se salve. Es triste ver la incapacidad de la OEA (no del secretario, sino la falta de decisión de los países que la conforman) para defender la democracia en Honduras, o para exigir el respeto de las decisiones del Soberano en Bolivia, o para hacer valer el orden constitucional y las leyes en Paraguay. Y nos queda todavía por ver qué sucede con los acuerdos de paz en Colombia, con la economía en Ecuador o en Argentina, con la reforma judicial en Perú, y con la gobernabilidad de países como Guatemala o El Salvador.

Ante esta compleja situación, resonaron en mí una vez más en este 31 de Julio – fiesta de San Ignacio de Loyola – las preguntas que el P. Arturo Sosa nos dirigiera el año pasado en el evento ImPACtando? realizado en Lima: ¿cuál sería hoy la respuesta de Ignacio y sus compañeros? ¿si estuviesen fundando hoy la Compañía de Jesús qué misión y qué forma le darían? Si contemplamos -con los ojos de La Trinidad- un mundo donde la corrupción ha tocado no sólo las estructuras sociales, políticas y culturales, sino la médula de las consciencias, ¿cuál resulta ser nuestro mayor y más fundamental desafío? ¿Cómo podemos asegurarnos de que a través de las diversas misiones en que actuamos (en tan grande diversidad de labores) estamos permitiendo que Dios toque y transforme la consciencia de las personas y los grupos?

“Padre, ustedes hacen muchas cosas”, me decía ayer una persona con la que conversaba; “… y todas ellas son bonitas, pero una sola es indispensable: cambiarle la vida a la gente. Y eso sólo Dios puede hacerlo. Ustedes están ahí para ayudarle; si no es así: estorban”.

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