El fenómeno migratorio: invitación a la acogida y signo de reconciliación

En esta entrega de la Caja de Herramientas #RedConciliación se nos invita a encontrar cómo la semilla de nuestra espiritualidad crece en una experiencia con la tierra que nos alimenta, y en ello mismo nos sorprende con los gestos íntimos de la reconciliación con Dios y con nosotros mismos al motivarnos a abonar el encuentro con este otro, desarraigado y hermano en Cristo.

“El campesino ama su tierra no sólo por lo que le puede producir, sino porque en ella anida la herencia de generaciones familiares que le han precedido. Su tierra tiene nombre y apellidos: para él es un ser vivo con sangre de familia en sus entrañas. ¡Qué importante es saber recoger la historia de las personas que nos han precedido en nuestra tierra! Benjamín González Buelta S.J.”


El desarraigo constituye una experiencia que comporta no solo violencias materiales expresadas en el desplazamiento a otros espacios de habitación, o condiciones de acomodación a territorios desconocidos, sino violencias simbólicas que sacrifican historias de vida, legados, aires de familia, composiciones de lo cotidiano que ofrecen ambientes de confianza y afecto. En este sentido, presenta una frontera de trabajo inmensa, que moviliza un ejercicio de memoria y una posibilidad empática ante aquellos que se encuentran a riesgo de perderse en rasgos fundamentales de su misma identidad.

Las palabras del Papa Francisco, en la Jornada mundial del migrante y el refugiado de 2018, nos animan a contemplar cómo a cada ser humano que se ve obligado a dejar su patria para sobrevivir, o en búsqueda de mayor dignificación de su existencia, enfrentada a la violencia, el Señor lo confía al amor maternal de la Iglesia, a la comunidad apostólica que se ve interpelada a ser núcleo de acogida, protección y trabajo por la hospitalidad e integración de los migrantes a los contextos en que viven su exilio. En su mensaje nos recuerda que la migración nos brinda la posibilidad de encontrarnos con Dios, pues “cada forastero que llama a nuestra puerta es una ocasión de encuentro con Jesucristo, que se identifica con el extranjero acogido o rechazado en cualquier época de la historia (cf. Mt 25,35.43)” (1). Su mensaje también es una invitación a construir una cultura del encuentro que pasa por reconocernos y reconciliarnos con nuestra propia historia humana: fuimos, somos o podemos ser migrantes.

La experiencia migratoria, como viaje y como proceso de duelo y recomposición de las condiciones de vida, necesita dinámicas de acompañamiento en cada momento del camino, donde se requiere no solo gran diligencia sino también un espíritu de generosidad y apertura ante este otro cuyo rostro nos revela la presencia de Cristo experimentando la fragilidad y la incertidumbre, en medio de los embates de una sociedad hostil y exigente a su propia medida, indiferente a los clamores que rompen las propias condiciones de bienestar e interrogan incómodamente más allá de la ley o la propaganda, y que exhortan al fuero interno, donde se enraíza nuestra propia humanidad.

Sea esta una problemática y un llamamiento a edificarnos con San Ignacio, quien expresa sabiamente en los Ejercicios Espirituales, a través de la meditación del Llamamiento del Reino [EE 91-99], una verdad profundamente cristiana y evangélica: cómo el resultado primordial de la experiencia de la persona reconciliada con Dios y consigo misma es el sentirse movida a la misión del servicio a otros y de la acogida a las y los desfavorecidos del mundo. Ellas y ellos pueden tomar muchas formas según los contextos y los tiempos. Pueden ser las personas que sufren la pobreza o aquellas que padecen la discriminación social y cultural, las personas desplazadas del conflicto armado interno colombiano o las personas en calidad de refugiadas o de migrantes que provienen de países lejanos o de las fronteras más cercanas, como hoy son las mujeres y los hombres de Venezuela, dada su crisis política y humanitaria.

Solo un corazón que se ha sentido acogido en su profunda fragilidad, en sus errores más dolorosos o en sus heridas más lastimadas y, al ser acogido, es consciente de haber sido cuidado, aceptado y sanado, puede tener la disposición de acoger a otras personas que están experimentando sus propios dolores, errores y heridas. Eso es posible sin juzgarles ni herirles más, sino comprendiéndoles y dándoles la mano; sin necesidad de mirarles desde una posición arrogante y despectiva, sino tratándoles con compasión de hermanos y con la solidaridad que les ayude a sentirse personas dignas que cuentan con el apoyo nuestro para levantarse y albergar la esperanza. Esta es nuestra invitación en la presente edición del boletín de la Caja de Herramientas #RedConciliaci?ón, a encontrar cómo la semilla de nuestra espiritualidad crece en una experiencia con la tierra que nos alimenta, y en ello mismo nos sorprende con los gestos íntimos de la reconciliación con Dios y con nosotros mismos al motivarnos a abonar el encuentro con este otro, desarraigado y hermano en Cristo.

Comité editorial, Caja de Herramientas #RedConciliaci?ón

(1) Fuente en este enlace.

Miembros del comité: María Teresa Urueña, Consultora y diseñadora de la Caja de Herramientas; María Consuelo Escobar, Gerente proyecto de Regionalización de la Compañía de Jesús en Colombia; Julián Andrés Castaño, Gestor de Regionalización, Educación Continua y Consultorías, Vicerrectoría de Extensión y Relaciones Internacionales, Pontificia Universidad Javeriana; Juan Daniel Cruz, Coordinador Académico Peace Education, Educación Continua y Consultorías, Vicerrectoría de Extensión y Relaciones Internacionales, Pontificia Universidad Javeriana; Juan Carlos Merchán, Investigador CINEP-Programa por la Paz.

 

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Tomado de: https://jesuitas.co//fenomeno-migratorio-invitacion-a-la-acogida-y-signo-de-reconciliacion-22950

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