Un hombre para los demás

JORGE CAYCEDO DÁVILA, S.J.

Por, Álvaro Vélez Escobar, S.J.

Hijo de una familia profundamente cristiana, que entregó sus cinco hijos varones a la Compañía de Jesús, todos los cuales recibieron la ordenación sacerdotal y concelebraron juntos algunas veces, mientras estuvieron vivos. Tuvo además cinco hermanas, tres de ellas religiosas y dos casadas.

Desde muy niño sintió el llamado vocacional a la Compañía, primero en la Escuela Apostólica de Albán y luego, apenas cumplidos los 15 años, ingresando al Noviciado en Santa Rosa de Viterbo. Recibió la formación ordinaria de los jesuitas en las casas de la provincia. En su último año de teología estuvo como superior o vicerrector del Colegio Eclesiástico Aloysiano. Terminada su tercera probación en Santa Rosa, lo nombraron Ministro de la casa y poco después, no obstante su juventud y poca experiencia, Vicerrector del Juniorado.

Fue luego Socio de 4 provinciales, durante 14 años, algo que por sí solo dice mucho de la clase de persona y jesuita que fue Jorge, interrumpidos brevemente por un tiempo de estudios de espiritualidad en la Universidad Gregoriana de Roma.

Durante varios años estuvo vinculado a la educación, primero como Rector de los Colegios San Bartolomé La Merced en Bogotá y San Luis Gonzaga en Manizales, en los cuales dejó gratos recuerdos, especialmente entre las familias de los estudiantes. En Manizales, cultivando las buenas relaciones, logró superar las objeciones del Señor Arzobispo para continuar la coeducación en el bachillerato.

Estuvo varios años en Roma como espiritual en el Colegio Pio Latino Americano. Regresó a la provincia y fue edificante verlo asumir con entusiasmo la Dirección de Estudios del Colegio Mayor de San Bartolomé. Varios años más tarde estuvo  durante un semestre como Vicerrector del Colegio San Pedro Claver.

Fue el primer Superior de la Casa Pedro Arrupe para ancianos y enfermos en Medellín y con él tuve oportunidad de trabajar muy de cerca, pues me encomendaron asumir las funciones administrativas y financieras de la Casa. Estuvo posteriormente encargado de la Casa de Ejercicios Villasunción en Bucaramanga, y después fue Superior y Párroco en el Santuario de San Pedro Claver en Cartagena.

Entrado ya en años, volvió a Manizales, dedicado a la labor pastoral, sobre todo con los alumnos mayores y con el personal docente, administrativo y de servicios, acompañando también a varios en la preparación para los ejercicios espirituales de pocos días o a quienes los hacían en la vida corriente. Era realmente admirable su dedicación al trabajo, sobreponiéndose a las limitaciones de su salud, con un celo extraordinario.

Cuando las limitaciones de salud no eran las apropiadas para la vida en Manizales, por tener entre otras cosas que subir y bajar 4 pisos de escalas varias veces al día, y porque los médicos locales no habían acertado en el tratamiento de algunos de sus problemas cardiovasculares, pareció mejor llevarlo a Medellín para ser atendido convenientemente. Fue muy duro para él aceptar esta realidad, porque estando lúcido y con abundantes ánimos, quería seguir trabajando. Con disponibilidad ignaciana, aceptó el traslado a Medellín y posteriormente la recomendación de los médicos tratantes de no volver a Manizales.

Cuando partió para Medellín no hubo oportunidad de hacerle una despedida. El cariño y el aprecio que se ganó de todos los colaboradores del colegio se manifestó cuando, a poco de saber que se quedaría definitivamente en la Casa Pedro Arrupe, un grupo de 27 personas, entre docentes, administrativos y personal de servicio, viajaron en bus expreso para visitarlo de sorpresa. Fue un encuentro muy emotivo, en el que no faltaron las lágrimas, que culminó con una eucaristía presidida por él, antes de que el grupo regresara a Manizales.

Pocos días antes del viaje a Medellín me entregó un documento, del cual extracto unos párrafos, que nos dan una clara idea de su talante y espíritu jesuítico:

“Libremente, en el pleno uso de mis facultades y consciente de lo que hago, quiero dar a conocer al P. Provincial y a mi Superior inmediato, actuales y que fueren en el futuro, mi voluntad acerca de los siguientes puntos:

1°   En el momento en que por achaques de la vejez, por enfermedad o por cualquier otra causa, vieren los Superiores que ya no puedo trabajar y soy una carga inmanejable en la Comunidad en que me encuentre, les ruego mi traslado a la Casa Arrupe o a donde consideren conveniente, sin tener en cuenta los reparos o repugnancias que en ese momento y en esas circunstancias, pudiere manifestar contrarias a esta decisión aquí expresada.

2°   Tanto en el caso anterior como en cualquier otro en que se haya de tomar una decisión, que sean los Superiores los que la tomen, sin hacer caso a intervenciones en contrario, ni de miembros de la Compañía, ni de familiares, ni de amigos.”

Jorge fue un jesuita íntegro, amante de la Compañía y de la Iglesia, especialmente delicado en la observancia de los votos, pobre, austero, hasta nimio en dar cuenta de sus cosas y en pedir permisos para lo que llamaríamos casi que cosas pequeñas, sobre todo en lo relacionado con la pobreza. Claro de conciencia con el superior, colaborador en todo lo que podía a nivel comunitario, caritativo y servicial, siempre disponible para atender a quien lo necesitara y, a pesar de su sordera, muy dedicado a atender las confesiones.

Realmente Jorge era un jesuita y un sacerdote ejemplar, no solo para admirar sino para imitar. Fiel a la celebración eucarística, a la oración, al rezo del rosario, a acudir regularmente a su director espiritual y confesor, asiduo en la vida comunitaria. Siendo muy exigente consigo mismo, era abierto y comprensivo con los demás. De fino trato y delicado, se hizo querer de quienes estuvimos cercanos a él. En el Colegio y en la Comunidad sentimos su ausencia.

El Buen Dios a quien sirvió con entusiasmo y generosidad lo tenga en su gloria.

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