Venezuela 2017 ¿Qué hay de nuevo?

Comparto con ustedes unas reflexiones en voz alta poniendo énfasis en lo que me parece que interpela más a nuestra específica condición de comunidad de seguidores y testigos de Jesucristo. Sabemos que hay gran escasez: de alimentos, de medicinas, de billetes y de seguridad. Pero ninguna es tan grave como la falta de esperanza y de confianza en nuestras propias fuerzas para salir adelante. Es lo que más debe y puede aportar la Iglesia.
No matarás.
Comienza el año 2017 con una agravada situación de muerte que amenaza con prolongarse como una agonía sin fin. El gobierno no da señales de cambio; se afianza en los errores y en su línea dictatorial. Con el cambio de gabinete cierra filas procubanas y niega toda validez a la Asamblea Nacional.
Vivimos una situación de: muerte por un dramático desabastecimiento de alimentos y de medicinas, muerte por violencia y descomposición social, muerte por persecución: prisión política y exilio forzado. Se trata de muerte por bloqueo dictatorial de los cauces democráticos de toda expresión electoral y de desacato de los representantes de la voluntad popular. Muerte por la inmensa corrupción e incapacidad pública de ofrecer servicios de vida, y por la agonizante economía, de estatismo totalitario, con asedio y atrofia de las empresas productivas con un dramático y continuado descenso en los últimos años.
No se trata de uno u otro detalle que no funcione; estamos ante la evidencia de un conjunto de factores que constituyen un sistema de muerte: una situación evidentemente inmoral. Por eso los obispos exhortan a todos los venezolanos a escuchar el clamor que sube del fondo de nuestras conciencias, y gritan: “no matarás”. No solo es inmoral ser ejecutor de esas desgracias sino que también lo sería el silencio de quienes como seguidores de Jesús tenemos la misión de anunciar al Dios de la vida y aportar hechos que saquen al país del actual infierno. Los guías de la Iglesia católica se sienten obligados a interpelar a todos en nombre de Dios e invitar a cada venezolano a contribuir activamente y revertir esta situación.
La Iglesia hace su contribución desde la doctrina y vivencia del amor a amigos y a enemigos, y la aplica a la realidad social y política con dos principios: la dignidad de toda persona humana y la solidaridad para el bien común. Este bien compartido es el fin trascendente de una sociedad, de su autoridad política, su producción económica y su convivencia social. La Iglesia católica invita así a cada venezolano- cualquiera que sea su identidad religiosa- a aportar lo mejor de sí desde sus raíces espirituales y desde su más profundo humanismo.
Violación de los derechos de los pueblos: el derecho a elegir.
Delante del agravamiento de la situación y del sufrimiento nacional se destacaron los pronunciamientos e intervenciones públicas de Monseñor Diego Padrón, Presidente de la Conferencia Episcopal, de los miembros de la presidencia, de ambos cardenales venezolanos y del cardenal Parolín, desde la Secretaría de Estado el Vaticano, por citar sólo algunos. La Jerarquía de la Iglesia ha hablado con claridad, coherencia y valentía.
No se puede decir lo mismo, lamentablemente, sobre todo en los últimos meses, de los dirigentes de los partidos políticos; les ha faltado generosidad con el país y unidad, comunicación bidireccional (que escuche la voz de la población) y una estrategia política a la altura de la dramática situación del pueblo que quieren representar. La inmensa mayoría de los venezolanos se encuentra frustrada y castigada por los desaciertos del gobierno y su empeño totalitario en no corregir las políticas fracasadas, es cierto; pero no menos cierto es que la mayoría de venezolanos no acaba de vislumbrar en las alternativas de la oposición el camino para recuperar la democracia, reactivar la economía productiva y defender constitucionalmente el bien común y la dignidad de todos.
Hace dos días se tuvo de manera civilizada la elección de la nueva directiva de la Asamblea Nacional pero en cualquier momento el Tribunal Supremo Justicia –sirviente del poder ejecutivo- decide anular esa elección. En el año que comienza no se vislumbra otra cosa que enfrentamientos entre el Régimen que quiere completar y atornillar su dictadura, y los que queremos recuperar la democracia y los derechos humanos. Julio Borges, nuevo Presidente de la AN, defendió con firmeza el derecho del pueblo a elegir, este mismo año, sus autoridades y representantes en diversas instancias e invitó a las Fuerzas Armadas a decidirse entre su deber bolivariano de defender la Constitución y la democracia o continuar apoyando ilegalmente a un Presidente que no respeta ninguna de las dos. Por su parte Maduro reafirma que la Asamblea Nacional es ilegítima y que las elecciones no revisten carácter de urgencia; diciendo que lo que se necesita urgentemente es la recuperación económica; y las medidas que toma van en contravía de todas esas intenciones. En realidad no será posible la recuperación económica sin un profundo cambio del modelo económico estatista, anti productivo y contrario a la empresa privada.
La población llega desesperada y sin horizontes al 2017. Es criminal no escuchar su sufrimiento, bloquear los cambios necesarios, mantener los presos políticos, cerrarse a toda ayuda humanitaria internacional e impedir la reactivación vigorosa de la economía productiva. Pero no menos peligroso es prolongar la ausencia y vacío de voces unitarias -y a la vez plurales- de los líderes políticos y sociales que quieren recuperar la democracia; esta situación refuerza la desesperanza nacional.
Los cambios de 2017.
Demorar más la apertura a la solidaridad internacional humanitaria para el abastecimiento de emergencia en comida y en medicinas es seguir matando gente. Sabemos también que no basta que el gobierno se abra dando entrada a la solidaridad internacional; necesitamos una gran movilización interna y una buena organización en la cual pueden y deben jugar su papel las diversas confesiones y comunidades religiosas, uniendo conciencia su solidaria con una organización eficiente y transparente.
Hay que restablecer la Constitución en lo referente a la separación de poderes públicos, rescatar el papel democrático de las Fuerzas Armadas y abrir los cauces de expresión electoral de la voluntad popular. En el necesario re-nacimiento moral y re-educación política y social del país tienen un papel fundamental los educadores (con sus educandos y familias) en todos los niveles y los medios de comunicación social. Sin su decidida, libre y activa contribución no podrá forjarse, crecer y generalizarse una conciencia nacional reconciliada.
Los caminos políticos democráticos para desbloquear la situación están en la Constitución venezolana, y son los líderes políticos y sociales los que deben unirse para dirigir la salida de esta emergencia. La voz de los pastores católicos no puede ni debe suplir esos silencios, errores y ausencias de la dirigencia política. Es contraproducente que la gente espere de los obispos una conducción política que es propia de los partidos, como es también inaceptable un silencio cómplice bajo el pretexto de que obispos y sacerdotes no deben meterse en política. ¿No negarían con ello el Evangelio que profesan cerrando los ojos ante los heridos y la dignidad humana violada de los pobres y excluidos? Como dice la carta San Juan: negar la vida del hermano es negar a Dios que es amor (1 Juan 4).
De ahí que no sea suficiente proclamar alto, firme y claro “no matarás”; es importante que la Conferencia Episcopal continúe insistiendo e invitando a transformar las situaciones de muerte en vida: fortalecer la esperanza, remover las conciencias y contribuir eficazmente a una movilización capaz de producir, este mismo año de 2017, el cambio hacia un país reunificado y productivo.
Quienes vivieron con gran esperanza el proceso de cambio iniciado hace 18 años hoy se sientan frustrados, y al mismo tiempo temerosos de que los cambios que hoy hay que hacer no rescaten las esperanzas iniciales o se conviertan en políticas regresivas y de venganza; lo que lejos de solucionar agravaría la situación y la división del país. Es igualmente comprensible que quienes han sufrido persecución política, exilio, empobrecimiento, despojo de sus bienes y oportunidades, sientan deseos de revancha. Pero no podemos devolver mal por mal, sino vencer el mal con el bien (Romanos 12).
Lo peor que nos puede pasar en Venezuela es que se afiancen la desesperanza y la resignación ante esta situación de muerte. Es la hora de reavivar la conciencia nacional y la solidaridad de cada persona, de cada sector social, de cada institución. La reconstrucción será imposible divididos en muchas parcialidades contrapuestas. Hoy más que nunca debemos vivir nuestra vocación política (todos los ciudadanos la tienen), valorizar y practicar el diálogo y la negociación con ánimo decidido. Esas son condiciones para reactivar la economía, frenar la violencia social y reconciliar el país reconociendo las diferencias que nos constituyen.
Para evitar males mayores hay que combinar la serenidad de la justicia con la magnanimidad del perdón y de la reconciliación. Venezuela necesita conversión, uniendo oración y movilización de la participación, la solidaridad, la creatividad y la responsabilidad ciudadana verdaderamente democrática; algo que va mucho más allá de lo que pueden hacer sólo y solos un puñado de dirigentes políticos agredidos por el gobierno.
Por eso hay que animar a todas las comunidades cristianas, centros educativos y organizaciones sociales a desarrollar y cultivarlas sistemáticamente iniciativas para el diálogo, la reconciliación y el reencuentro. Afortunadamente hay muchas iniciativas positivas, pero será necesario divulgarlas, sistematizarlas y multiplicarlas, pues la mayor crisis que vivimos es la pérdida de valores morales y ciudadanos imprescindibles para una reconstrucción nacional.
No podemos repetir los errores del 16 en el 17. Para conseguirlo es necesario que la todos nosotros, animados por la Conferencia Episcopal Venezolana y los líderes de diferentes confesiones religiosas y grupos sociales, vivamos un año de especial fecundidad espiritual y de creatividad política. Para todo ello necesitamos que la confianza en Dios, la constancia y la unión sean más fuertes que las dificultades.

Tomado de: http://www.cpalsocial.org/1532.html

 

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